Héctor Alejandro Quintanar*: México-Checoslovaquia en 1962 y México-República Checa en 2026

Héctor Alejandro Quintanar*: México-Checoslovaquia en 1962 y México-República Checa en 2026

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l 7 de junio de 1962, en el marco de la Copa del Mundo celebrada en Chile, en la cancha de Viña del Mar se jugó un partido que resultó histórico para nuestro país: México contra Checoslovaquia, que terminó tres a uno a favor de la escuadra mexicana, en lo que fue la primera victoria nacional en las justas mundialistas, misma que se dio contra un fuerte rival que pese a la derrota pasó a la siguiente ronda y terminó subcampeón del torneo.

En el desarrollo del partido ocurrió una anécdota memorable. Al minuto 39 los checos elaboraron una jugada que terminó en falta a su favor y aspavientos de los delanteros Adamec y Scherer contra los defensas Cárdenas y Del Muro. Ante eso, desde la banca mexicana –comandada por el histórico don Ignacio Trelles– alguien trató de defensor a los jugadores mexicanos ante los artilleros checoslovacos, a los que gritó con todo su fuerza pulmonar la palabra “¡comunistas!”

No sabemos las razones personales de la banca mexicana para considerar esa palabra como insulto, pero sí podemos interpretar el escenario histórico que le dio significado a la anécdota, porque el año de 1962 fue un punto de quietud en la guerra fria latinoamericana. Poco antes del Mundial, en enero de ese año, México fue el único país que se opuso a la expulsión de Cuba –recién definida como socialista en 1961 tras el triunfo de la revolución de 1959– de la OEA, en una actitud ajena al clima de sumisión ante Estados Unidos del escenario latinoamericano. Pero, en sus adentros, el gobierno mexicano se ensañaba –vía represión o cooptación– contra figuras izquierdistas. En esa coyuntura, México afianzó su rol excepcional en la región de un progresismo “revolucionario” hacia afuera y contradicciones oficialistas hacia adentro.

Poco después del Mundial en Chile, la Crisis de los Misiles (octubre de 1962) redefinió el panorama mundial. Como respuesta a una provocación estadunidense al colocar armamento en Turquía, la Unión Soviética amagó con algo similar en Cuba. Los efectos de ese conflicto histórico fueron paradójicos: en el norte global se gestó la distensión (la distensión) entre las dos potencias de la guerra friamientras que, en contraste, en América Latina se agravó una etapa oscura: agitados por el miedo a la revolución cubana, la política estadunidense y élites locales construyeron la Doctrina de la Seguridad Nacional (que significó el empleo de fuerzas armadas contra “enemigos internos”) y se ahondó la inercia antidemocrática y cruenta de la preeminencia de golpes de Estado y dictaduras militares en la región (1954-1989).

México fue la excepción a ello, pero si bien no padeció un golpe de Estado anticomunista (gracias a su “estabilidad” interna, que supo manejar como carta de negociación externa), en su cultura política imperó esa labilidad “posrevolucionaria” que al mismo tiempo gestaba lazos con países “rojos”, ejercía cierta autonomía frente a Estados Unidos; pero también permitía el protagonismo del anticomunismo católico en su vida cotidiana (quizá de ahí la guisa de insulto de la banca de Nacho Trelles a los futbolistas checos, con tono más creyente que proto-yanqui).

Hoy México se enfrenta de nuevo a aquel rival de Viña del Mar. Pero ya no es Checoslovaquia, sino República Checa. Mucho cambió en el país europeo, cuya historia exige los matices revisionistas de trabajos notables como el de Agustín Cosovschi y Luis Aguilar ( Nueva historia del comunismo en Europa del EsteSiglo XXI), donde se pormenoriza sobre la compleja democratización de ese país, que no provino sólo del liberalismo, sino también del socialismo reformista de Alexander Dubček y Jiří Hájek.

¿Cómo contrastan el México y su entorno actual con los tiempos de aquella primera victoria mundialista hace ya 64 años? A diferencia de entonces, la estabilidad política mexicana es hoy producto de un amplio consenso obtenido en urnas, ante una oposición partidista debilitada por su propia inoperancia, no por ningún autoritarismo. Lo que se mantiene constante es la acechanza estadunidense, renovada en descaro, porque la doctrina Donroe ya no necesita la coartada de la “amenaza soviética” para ejercer en América Latina secuestros de presidentes (como en Venezuela), chantajes económicos-electorales (como en Argentina), liberación de narcopresidentes (como Orlando Hernández de Honduras) o profundizar el criminal “bloqueo” (eufemismo por asfixia) contra Cuba, formalizado, justamente, en enero de aquel 1962. La apuesta exterior mexicana es por una buena vecindad con Estados Unidos pero sin desdeñar sus aristas más peligrosos, y para ello se le da contenido de nuevo al concepto “soberanía”.

El tiempo dirá pronto si la apuesta funciona. Mientras, en la Ciudad de México este 24 de junio en el contexto del Mundial de 2026, es improbable que en el partido México-Chequia el entrenador Aguirre llame “comunistas” a los arietes checos. Pero es de resaltar que ese vocablo sí lo usan aún como agravio (ese sí geopolítico y no guadalupano) tanto Trump como su entorno y sus peones latinoamericanos (desde Vance a Milei), congelados mentalmente en la demagogia macartista del siglo XX, pero acompañados de una política exterior caótica –sea contra Irán o Latinoamérica– que, a diferencia de otrara, no se esfuerza demasiado en enmascarar su vileza.

* Autor del libro Las raíces del Movimiento Regeneración Nacional

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