La diplomacia de la aniquilación. Algo de lo que nadie se ha percatado
Durante años se dijo que Donald Trump exageraba para negociar. Que sus amenazas eran teatro, que su estilo era ruido, que al final siempre retrocedía. El famoso “TACO”: Trump siempre se acobarda. Hoy esa lectura ya no es válida.
Porque lo que vimos en las últimas horas no fue una sobreactuación más, sino algo cualitativamente distinto: el uso deliberado de la aniquilación como instrumento de negociación. Diría Theodore Roosevelt: “Habla con suavidad y lleva un gran garrote; llegarás lejos”. La palabra “aniquilación” no como posibilidad remota, sino como mensaje explícito, con reloj y condiciones.
Cuando Trump advirtió que “una civilización entera podría desaparecer en una noche” si Irán no cedía, no estaba improvisando. Estaba redefiniendo el umbral de lo decible. Y en política internacional, lo decible termina volviéndose posible.
Y, sin embargo, el giro llegó. Tras días de escalada -incluidos ataques a infraestructura crítica, el verdadero preludio de las guerras de colapso- Washington y Teherán aceptaron una pausa de dos semanas mediada por Shehbaz Sharif. Condición central: mantener abierto el Estrecho de Ormuz, la arteria energética del mundo.
Aquí es donde la narrativa fácil -“Trump se echó para atrás”- se queda corta. Lo que estamos viendo no es cobardía. Es algo más cómodo y, por lo mismo, más peligroso: escalada calculada para forzar una desescalada en condiciones propias. Trump no retrocedió. Forzó una pausa bajo sus términos. Ahora son “socios” en la administración del mencionado paso náutico.
El verdadero punto de quiebre -elemento clave poco subrayado- es que Estados Unidos no comenzó atacando objetivos militares clásicos, sino infraestructura sistémica: redes energéticas, nodos logísticos, conectividad. Todo lo cual no busca ventaja táctica; busca parálisis estructural. Ese tipo de guerra tiene una lógica distinta: no ganará quien avance más rápido, sino quien colapsará primero al otro.
Irán lo entendió. Por eso recurrió a una maniobra tan desesperada como reveladora: colocar población civil alrededor de instalaciones estratégicas. Es decir, no como propaganda, sino como señal de vulnerabilidad operativa. Traducción: Teherán no estaba en posición de sostener una escalada prolongada sin costos internos incontrolables.
Pero esta pausa no es diplomacia, es logística. Lo que significa que la “tregua” de dos semanas no es un gesto de buena voluntad. Es una ventana operativa. Y todo indica que Washington está evaluando tres variables antes de decidir el siguiente movimiento:
- Impacto real en mercados energéticos, especialmente si el flujo por Ormuz se estabiliza.
- Capacidad de respuesta iraní tras los daños iniciales a su infraestructura.
- Margen político interno del presidente Trump, donde una guerra breve y “exitosa” puede reconfigurar la narrativa económica y electoral.
Dicho de otro modo: la pausa no enfría el conflicto. Lo recalibra.
Y ante ello, ¿cuál es el factor que puede romperlo todo? La respuesta: el verdadero punto ciego no es Irán; es Benjamín Netanyahu. Israel no necesita romper con Estados Unidos para actuar por su cuenta. Le basta con interpretar correctamente el momento. Y el momento actual -con Washington ya habiendo cruzado el umbral de ataques estructurales- amplía el margen de acción israelí sin necesidad de autorización explícita.
Ese es el riesgo real: no una decisión unilateral, sino una sincronización implícita. Si Israel decide escalar en el Líbano o directamente contra activos iraníes, lo hará bajo una cobertura narrativa ya instalada: la de una amenaza existencial que justifica casi cualquier respuesta.
Y entonces la pregunta dejará de ser si Trump exagera. Será si alguien más decide tomárselo literalmente.
Reducir a Trump a un “TACO” -alguien que siempre se acobarda- es tentador, pero estratégicamente miope. Porque su patrón no es retirarse. Es sobrerreaccionar para redefinir el terreno y luego negociar desde ahí. Funciona… hasta que deja de hacerlo.
El problema de jugar con la amenaza de destrucción total no es solo moral. Es operativo: normaliza escenarios que antes eran impensables. Y una vez normalizados, dejan de ser advertencias y se convierten en opciones.
Hoy hay una pausa. Pero no es paz. Ni siquiera es distensión. Es el silencio incómodo entre dos movimientos de una partida que ya dejó de ser convencional.
Y en ese tablero, el riesgo no es que el perro ladre. Es que alguien -Trump, Irán o Israel- decide que ya es momento de muerte en serio.
POR VERÓNICA MALO GUZMÁN
COLABORADORA
ZEE
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