Antonio Ortuño, estoy satisfecho de lo que ha escrito, pero trato de no repetirlo.
Cuando Antonio Ortuño (Zapopan Jalisco, 1976) fue el único autor mexicano incluido entre los 22 “mejores narradores jóvenes en español” de la revista Granta solía decir: “Lo único que hicieron es que ahora me odien 600 personas que ayer no me odiaban”. En 2015 volvió a ser incluido en un nuevo inventario, está vez en México 20, un listado promovido por el Hay Festival para identificar a “las nuevas voces de la literatura mexicana”.
“Los listados, a fin de cuentas, son estrategias de difusión, de distintas identidades, con distintas ideas. Yo he estado en muchos listados, claro que me han ayudado a la difusión de mi obra, a impulsar traducciones, estoy agradecido de estar ahí, pero no soy la posteridad como para saber quiénes quedaremos al final”, opina.
Este año, el 28 de julio, Ortuño cumple medio siglo de vida, además, celebra que hace dos décadas publicó su primer libro El buscador de cabezas (2006). No es coincidencia que Planeta este reeditando parte de su obra, bajo el sello Seix Barral, incluido El amigo muerto, un relato de iniciación cercano a la comedia negra, que apareció originalmente en 2012 con el título de Blackboy y firmado con el seudónimo de A. del Val.
Pero no es que pasara lo mismo que con Martin Amis y su primer libro La invasión de los marcianitos, cuando él mismo intentó ocultarlo, sino que Ortuño estaba próximo a publicar La fila india (2013) y su editorial pensó que no era conveniente la aparición, al mismo tiempo, de una historia juvenil y una “novela seria” que tocaba el tema de la migración. Pero en realidad, esa era la primera novela del escritor, iniciada más o menos en 1994, cuando tenía 18 años.
“La realidad es que accedí a publicarla, aunque era un calendario muy presionado, porque con el anticipo le di un bajón a mi hipoteca que me estaba asfixiando, es decir, había un motivo económico. Pero también me entusiasmó la posibilidad de volver a ese manuscrito que no había vuelto a tocar”. Ahora que sus editores le hablaron de recuperar esa “novela extraviada”, Ortuño aceptó, pero quiso actualizarla y afinarla con la experiencia de un autor que tiene ya más de una decena de novelas publicadas.
Con El amigo muerto “quise ser muy escrupuloso, respetar la esencia del libro, los personajes, los acontecimientos, la trama, pero retrabajar la prosa, editarme a mí mismo, no reescribí el libro de cero, ni es una especie de libro paralelo, pero el lector encontrará que este libro es más compacto, más afilado, tiene mejor prosa”.
-¿Cómo te sientes después de revisar tu primera novela? ¿Estás satisfecho?
Sí, mentiría si dijera que no y que me parece horrible. Hay colegas que naturalmente o por pose se echan al suelo y dicen ‘esas cochinadas que yo escribo, esas páginas desanimadas’. Si crees que es una mierda, no nos lo des, no lo compartas, quédatelo para ti mismo. Estoy satisfecho de lo que he escrito, pero trato de no repetirlo, no trato nunca de hacer Recursos Humanos 2 o La fila india 2, o regresar a donde ya estuve.
Me gusta la idea de que quien lee un libro mío encuentre cierta temática, cierto lenguaje, que le recuerde que soy yo el que lo escribe, pero que no sucede como con algunos autores que me dicen ‘ya sacó un libro nuevo tal, ya tiene 60 libros iguales, siempre escribe el mismo libro’. Yo no creo en esto de escribir siempre el mismo libro, incluso trato de cambiar las maneras directas y físicas en las que escribo.
-¿Hubo una moda de los escritores de las listas de Granta y del Hay Festival?
Una cosa es el medio editorial y otra es la escritura, este tipo de observaciones son muy agudas, van a lo esencial: no siempre corresponde la popularidad con que haya realmente un auge de la escritura, a veces hay escritores populares que no son tan grandes escritores. Son olas, he visto pasar muchas olas y un montón de tendencias. Hubo un momento en el que parecía que la literatura del norte era lo único que importaba, y hay autores que hicieron cosas muy buenas, David Toscana, Julián Herbert, Carlos Velázquez, que son autores que seguimos leyendo, y que se siguen discutiendo. En estos últimos años ha habido mucha más visibilidad para la literatura escrita por mujeres y hay mexicanas que son excelentes, lo que escribe Fernanda Melchor, Guadalupe Nettel, son cosas que quedan para la literatura mexicana.
-¿Qué te parece lo que se produce en México ahora?
Hay literatura mexicana del siglo XXI de excelente factura, hay buenos libros de los que espero que se siga hablando en bastante tiempo. No podemos decir que es una especie de siglo perdida o que hay una suerte de decadencia de la literatura mexicana, hubo una gran literatura mexicana en la segunda mitad del siglo XX, quizás más que en la primera mitad del siglo XX.
En la segunda mitad están los figurones, a cuya sombra uno creció como lector: los Rulfo, los Arreola, los Paz, Fuentes, Elena Garro. Y creo que la literatura mexicana de lo que llevamos del siglo, bien que mal, le aguanta el pulso. La gente en el 56, en el 57, tampoco pensaba que se fuera a volver un clásico indiscutible Rulfo y se volvió; hay libros que se han publicado en el siglo XXI en México que terminarán estando en ese anaquel con esos grandes sin ninguna clase de menoscabo.
-¿Dónde esperas que estén tus libros?
Cada quien elige de qué libros quiere estar cerca, a mi me gustaría que los míos estuvieran cerquita de los de Ibargüengoitia, otros se morirán por estar al lado de Rulfo o de Garro, o de Paz. Si hay que elegir tío pues yo ya elegí hace mucho a Jorge Ibargüengoitia y mi literatura da cuenta de ello, pero es difícil.
-Algunos siguen diciendo que tú eres su heredero…
Me honra lo de ser heredero de Ibargüengoitia, pero yo nunca he intentado imitarlo, no imito ni sus personajes ni su óptica, lo que a mí me gustaría pensar es que escribo libros que no se parecen a los de otros, y no en términos de mejor o peor, sino en términos de ser diferentes, que si alguien lee un libro mío no lo confunda con x, yo z.
Cuando escribí La fila india y tuvo mucho éxito, muchas traducciones, uno de mis editores me dijo ‘ya encontraste la línea, de aquí agárrate otro tema social, en cinco años sacas otra novela y vas a ser el novelista social de la generación’. Yo dije ‘que flojera ser eso, yo no quiero ser eso’. No quiero escribir pensando en eso, en que me traduzcan, en que me inviten al coloquio como si fuera el experto en el tema, acabaría escribiendo la novela de los therian si dura suficiente la moda.
Por Luis Carlos Sánchez
ZEE



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