El lado B del Plan B
El martes, antes de que se aprobara en las comisiones del Senado el Plan B de la Presidenta, recurrí a un expetista para que me explicara el melodrama PT-Morena y lo primero que me dijo fue que el PT no era un partido. “Es un negociante per se, una factura pendiente por cobrar”. Y sobre esa factura me recordó que Alberto Anaya, el dirigente del Partido del Trabajo, fue uno de los que financiaron el plantón sobre Reforma en 2006; que subsidió viajes de AMLO durante años; que ofreció las siglas para que más de un obradorista fuera legislador o alcalde; que transcurrieron tiempos oficiales para que López Obrador se promocionara; que costó la candidatura de Andrés Manuel en 2012 cuando los Chuchos del PRD operaron en contra; que imprimió la publicidad de varias campañas morenistas; y que subsidió a la creación de lo que después se llamaría Morena. Es decir: el PT ha sido aliado incondicional, comparsa disciplinado y, en más de una ocasión, salvavidas electorales. Hizo todo lo que hace un buen amigo: puso el dinero cuando nadie más quería poner nada.
Hoy, con Claudia Sheinbaum en la Presidencia y la reforma electoral sobre la mesa, el PT descubrió que ser imprescindible ayer no garantiza ser necesario hoy. El expetista al que recurrí me lo resumió así: la Presidenta desconfía del PT porque éste ha preferido ver por su propia supervivencia que por el proyecto común. Y el PT, desde su trinchera, se siente traicionado, porque fue leal cuando la lealtad costaba, pero ahora ya no cuesta y nadie la reconoce. Ambos tienen razón.
La hipótesis que manejan los grupos internos del PT es que si la Presidenta aparece en la boleta de la revocación de mandato en 2027, su popularidad arrastraría el voto hacia los candidatos morenistas a diputados federales, y en ese escenario la maquinaria electoral se activa sola, sin necesidad de aliados incómodos que negocian, exigen y reprochan todo lo que aportaron en momentos en que nadie apostaba nada por el proyecto. Si la Presidenta es suficiente por sí misma para mover votos, estructuras y narrativas, la pregunta se responde sola: para qué repartir cuotas con quien ya no suma, sino que resta y cobra.
Mientras tanto, la oposición observa el berrinche del PT y lo aprovecha para exhibir las costuras del Plan B: por ejemplo, que meter a la Presidenta en la boleta de la revocación de mandato no es un mecanismo de evaluación ciudadana; es una operación de movilización electoral a gran escala ante el desgaste de la marca Morena. Si bien el argumento tiene lógica, la oposición le tiene pavor a la revocación, pero no por principios democráticos. Le teme porque sabe lo que pasaría si Claudia Sheinbaum aparece en cualquier boleta. De por sí no tienen fuerza política suficiente para disputarle el piso a Morena en una elección ordinaria. Medirse ante las preferencias de una presidenta con los niveles de aprobación más altos del sexenio sería, para ellos, evidenciarse.
A diferencia del Partido Verde que cambió de piel por enésima vez, el PT no ha cambiado. “Lo que cambió es el contexto que lo volvió prescindible”, me dijo el expetista y en política ser innecesario es el primer paso hacia la extinción. El PT sabe que perderá sus privilegios más temprano que tarde. Por lo mismo, la dirigencia buscaba asegurar diversas posiciones para darle su voto al Plan B.
A la hora en que escribí esta columna todavía no se votaba el Plan B en el Senado. Se decía que la iniciativa llegaría sin la revocación de mandato y que los seis senadores del PT se ausentarían a la sesión para bajar el número de votos al quórum y, por ende, a la mayoría calificada. Pero votar a favor o en contra ya no era la cuestión. Ahora la Presidenta sabe con quién cuenta para un proyecto en común y quiénes prefieren sus privilegios.
POR ALEJANDRO ALMAZÁN
COLABORADORA
@ELALEXALMAZAN
ZEE

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